No lo veíamos en Ophelia desde nuestro primer ejemplar, allá en septiembre de 2017. En ese entonces presentó una propuesta ligada al erotismo. ¿A qué se debe el cambio?
Me alegra mucho que Revista Ophelia se consolide más y más cada año. Los artistas necesitan intermediarios, editores sensibles que aprecien y disfruten de la belleza generada por el talento. Y, con respecto a mi obra, ha habido un cambio sólo referido al papel que juegan las protagonistas, porque la figura humana sigue siendo el centro de mi creación artística. En otras palabras, me siguen importando ciertos momentos que implican cambios o que significan trascendencia: el origen de la vida, la atracción sexual, el deseo… Además, muchas de las modelos siguen siendo mujeres.
¿Qué simboliza “La espera”?
Este cuerpo de obra se refiere a una espera determinada pero que simboliza todas las esperas: desde la llegada del micro hasta la espera por un mundo mejor. Es una «no acción» común a todos los seres vivos.
¿Y qué puede decirnos de los modelos representados?
La mayoría de mis ocasionales y anónimas modelos en esta espera no se limitan a esperar el transporte público, sino que, desde el punto de vista del artista (que espía desde lejos) son sujetos bellos. Son actrices, pero ellas no lo saben. La parada del micro o paradero actúa como escenario.
¿Cómo fue el proceso previo?
Primero realicé muchas fotografías de un paradero que estaba frente de la casa en la que vivía en ese entonces, en Neuquén, Argentina. Instalé mi cámara y capturé desde una ventana puntual a las personas que se acercaban a esperar el micro. El punto de vista nunca cambia. Este ejercicio lo hice durante muchos meses, al punto que empecé a conocer a los “actores”: ya sabía a qué hora llegarían. Eso era algo emocionante y significó un elemento nuevo en mi quehacer artístico, porque nunca había tenido una relación voyerista. Espiaba a personas que eran anónimas para mí y que nunca supieron que eran esperadas ni mucho menos para qué…
Las figuras son realistas, pero no así los fondos…
Los fondos expresan mayor libertad. Es el rayado insolente en las paredes internas del paradero liberándose, por así decir. En muchos casos los hago volar, romper los límites, y qué tan lejos llegan, no lo sé. El arte abstracto le dio ese protagonismo a la mancha y a la línea. Ha sido el gran aporte a la historia del arte. Y si algo he aprendido del arte es que siempre habrá múltiples formas de resolver un mismo problema, de interpretar lo que vemos, y ahí se hace presente lo sorpresivo e inesperado…
Usted siempre le ha dado mucho protagonismo al dibujo…
Dicen que Dios fue el primer artista; el primer dibujante. Luego se dedicó a la escultura y creó de barro -a imagen y semejanza- al primer ser humano. Considero que el dibujo tiene un protagonismo primigenio. La línea es el resultado casi instintivo del gesto. El lápiz tal como lo conocemos hoy es la extensión del brazo del artista. En la pintura hay que pensar un poco más porque los pigmentos son más difíciles de dominar. El grafito -en cambio- es más amigable; está ahí, sólido y lo puedes asir fuerte entre los dedos… La pintura o la escultura siempre estarán supeditadas al dibujo.
Ha regresado a Chile tras 40 años en Argentina. ¿Qué puede contarnos de Santiago, la ciudad en la que vive ahora?
La experiencia de regresar ha sido muy especial. Implica reencontrarse con la ciudad y con los amigos que compartieron con uno esa etapa de tu vida ahora muy lejana. ¿Qué tanto ha cambiado? ¿Qué tanto he cambiado? Cuando me fui de Santiago era joven e inexperto, esta ciudad tenía cuatro millones de habitantes y había una dictadura. Ahora, en cambio, está en democracia. Antes los jóvenes emigrábamos, ahora llegan inmigrantes por miles. Muchas cosas han cambiado para bien y otras para mal, pero, sin duda, es una urbe latinoamericana. Hay solidaridad y hay egoísmo. Hay gente que depreda y hay gente que siembra.
¿Se imaginaba siendo artista de niño?
De joven uno está imbuido de idealismo, pero casi todo idealismo tiene algo de tonto o ingenuo. Cuando eres niño y te ven dibujar, dicen: «¡Aquí hay un artista, cuando seas famoso…!». Y pareciera entonces que la fama y el éxito es lo único que le puede dar sentido a lo que haces, pero un niño no dibuja para ser famoso o ganar dinero. El artista hace arte por una pulsión interna. Y eso sucede a cualquier edad.
¿En qué cosas cree Rubén?
Creo en la revitalización del arte figurativo para representar la realidad, los sueños y la fantasía. Creo en el instante, en lo mínimo y en lo cotidiano como tema de creación. Creo que la pintura puede generar conceptos que, a la vez, generen reflexión y debate. Creo que el arte sigue siendo un medio para maravillar, emocionar y hacernos pensar.
Rubén Reveco / Básico
Nació en Temuco, en el sur de Chile, el 29 de agosto de 1955. Es Licenciado en Artes Plásticas con mención en Pintura por la Universidad de Chile, recibido con medalla de oro. Se radicó en Neuquén, Argentina, en la década del 80 y a lo largo de 40 años se desempeñó en el ámbito de la gráfica. Editó y dirigió el suplemento de cultura “La Ventana” del diario “Río Negro” y en 1995 fundó la revista “Machete” dedicada a la difusión de la cultura y la historia de la provincia de Neuquén. Está radicado en Santiago de Chile desde 2019. Ha sido beneficiario del Fondo Nacional de Desarrollo Cultural y las Artes (FONDART). Últimas exposiciones individuales: Universidad Católica Silva Henríquez de Santiago de Chile (2023) y en el Ministerio de Cultura de la Ciudad de Mendoza (2023).
Ping-pong opheliano:
Una pintura: «Ophelia» (1851-1852) de John Everett Millais
Un disco: «Luzbelito» de Patricio Rey y sus redonditos de ricota.
Una película: «El agente topo» (2020) de Maite Alberdi
Un libro: «Calendario», de Fernando Rivera Lutz
Una comida: Pastel de choclo y vino tinto.
Entrevista exclusiva para Revista Ophelia Nro. 21. Edición de textos: Camila y Julián Reveco. Puedes descargar este ejemplar completo desde nuestro sitio en KO-fi a través de una donación voluntaria.